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martes, 27 de enero de 2015

CHARLES HATFIELD: El "fabricalluvias" que casi borra a San Diego del mapa.

Cuando la frontera de Estados Unidos comenzó a expandirse hacia el oeste, los campesinos debieron combatir al desierto y la sequía con el reclutamiento de personajes que se hacían llamar "fabricantes de lluvia", en inglés "rainmakers". Los "fabricantes de lluvia" también aparecieron en varios países latinoamericanos. No eran científicos debidamente acreditados para estos menesteres, sino pasaban como inventores ingeniosos que podían hacer llover allí donde era más necesario para la supervivencia de las personas o el ganado.
Charles Hatfield (1875-1958), resultó uno de los más exitosos o de los que tuvo más suerte en este extraño oficio y logró viajar casi todo el continente americano. Comenzaba la primera década del siglo XX y Hatfield, tras haber probado en varios empleos como vendedor, decidiría dedicarse al negocio de la lluvia, una actividad considerada como lucrativa en una época dura, donde los tónicos para la juventud y para la calvicie con "recetas secretas" abundaban en las calles.
En el libro El Mago de Sun City, el escritor Garry Jenkins describe lo ocurrido en la ciudad de San Diego, cuando Hatfield provocó una inundación que causó 20 muertes y serios daños materiales, lo cual le sirvió para pasar a la historia estadounidense como "el busca vida" más luchador de todo el siglo XX. Era un hombre que cargaba con un maletín repleto de productos químicos y los lanzaba a la atmósfera pero fue acusado de provocar lluvias catastróficas y de ser el responsable de las inundaciones que casi arrasan con la ciudad californiana de San Diego en 1916.
Nacido en Fort Scott, estado de Kansas en el año 1875, Hatfield y su familia se mudaron al sur de California; en 1890 abandonó la escuela secundaria, cuando decidió convertirse en vendedor ambulante de una empresa de máquinas de coser. Pronto cayó en sus manos un libro que iba a cambiar su vida, "La ciencia de la pluvicultura", de Edward Powers, una obra sobre métodos pseudo científicos para la producción artificial de precipitaciones, el cual fue el manual de los más grandes rainmakers del viejo oeste.
El Departamento de Agricultura realizó las primeras pruebas oficiales de pluvicultura o sembrado artificial de las nubes sobre las llanuras de Texas, dirigidas por el entonces general H.E. Dryenforth. En 16 días de explosiones en globos cargados de dinamita y cometas, lograron tres tormentas y nueve lloviznas, por lo cual las conclusiones oficiales señalaron que si bien era posible causar artificialmente la precipitación, los costosos recursos necesarios para lograrlo lo hacían totalmente incosteable.
Mientras, Hatfield fue perfeccionando su propia fórmula; gran parte de su secreto se basaba en una mezcla de 23 sustancias químicas, incluido el hidrógeno y el polvo de zinc con agua y ácido. Su primer trabajo consistió en provocar la lluvia para un grupo de ganaderos de Los Ángeles. Tras dos jornadas, las precipitaciones aparecieron y los satisfechos ganaderos doblaron los pagos y sembraron el camino para la fabricación de un legendario mito.
En 1904 consiguió incrementar el nivel del embalse del lago Hernet en siete metros para la Compañía Estatal de Aguas y posteriormente cobró mil dólares de la Cámara de Comercio de Los Ángeles como encargo para la producción de lluvia durante los cuatro primeros meses de 1905.
A lo largo de toda la costa oeste de Estados Unidos, Canadá, y Alaska, Hatfield seguía construyendo sus torres y mezclando sus químicos, alternando los éxitos con los fracasos. Si una ciudad lo condenaba, su reputación permanecía intacta por los numerosos éxitos cosechados en otras.
En diciembre de 1915, la ciudad californiana de San Diego padecía de una tenaz sequía; su población se había duplicado en cuatro años, y necesitaba un adecuado abastecimiento de agua para garantizar un crecimiento sostenible. Las precipitaciones medias habían sido demasiado intermitentes para reponer los agotados embalses y la reserva del lago Morena se encontraba a un tercio de su capacidad, esto agravado porque no estaba aún construido el acueducto local.
En esta situación, el Ayuntamiento de San Diego decidió aceptar la oferta enviada por Hatfield para crear 100 centímetros de lluvia en las proximidades del lago Morena a cambio de un pago por sus servicios de 10 mil dólares, lo que en aquellos momentos era una fortuna. El 5 de enero de 1916 empezaron a caer las primeras lluvias torrenciales. En la mañana del 17 de enero la situación era muy grave, el río San Diego comenzó a desbordarse y con él la rotura masiva de más de 110 puentes.
El ahogo del ganado, la caída de cables eléctricos y la rotura de los canales desabasteció de agua la ciudad, mientras en la noche del 27 de enero la represa de Sweetwater y la Baja Otay se derrumbaron, lo que acabó con la vida de más de 20 personas durante su recorrido a lo largo del valle.
Unos días más tarde, cuando Hatfield decidió cobrar sus servicios en el ayuntamiento, tuvo que hacerlo disfrazado para evitar el linchamiento de los miles de rancheros enojados. Como la ciudad no respondió a su solicitud de pago, presentó con sus abogados una demanda el 2 de diciembre de 1916 y ofreció resolver el litigio por una cantidad de cuatro mil dólares, en lugar de los 10 mil pactados inicialmente.
La ciudad se ofreció a resolver el asunto si asumía los daños y perjuicios de la catástrofe, que ascendían a un monto de tres millones 500 mil dólares.
Posteriormente, en el juicio, se dictaminó asumir la tragedia como "acto casual de la naturaleza", eximiendo a la municipalidad de los pagos acordados con el inventor del inolvidable diluvio.
El trágico incidente en San Diego llevó a Hatfield a Nápoles en 1922, llamado por el gobierno italiano para poner fin a una horrenda sequía, en tanto el último contrato lo condujo en 1930 a Honduras, donde combatió con lluvia un colosal incendio forestal que duraba más de 10 días.
La Gran Depresión llegó y los científicos en meteorología finalmente aprendieron a obtener la lluvia de las nubes, al rociarlas con cristales de yoduro de plata, por lo que la tortuosa carrera de Charles Hatfield como "rainmaker" fue secándose.
Poco a poco su fama se perdería en el tiempo, lo abandonó la esposa y moriría a la edad de 83 años convencido, incluso hasta el día de su fallecimiento, en la efectividad de la misteriosa técnica con la que casi borra a toda una ciudad del mapa.

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