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domingo, 12 de mayo de 2013

BERENGUELA DE NAVARRA,EL OLVIDO DE UNA REINA.

Vivió rodeada de figuras históricas destacadas que tal vez la eclipsaron más que ensalzarla sobre el anonimato al que estamos condenados la mayoría de mortales. Probablemente no fue ésta circunstancia la que hizo que la Historia del pueblo que la vio nacer se olvidara literalmente de ella, sino el hecho de ser mujer y de haberlo sido en plena Edad Media, época en la que, como veremos, aun siendo reina, las condiciones de vida del género femenino eran durísimas y del todo incomprensibles desde nuestro actual punto de vista.
Berenguela de Navarra, reina de Inglaterra, duquesa de Normandía y condesa de Anjou. Nació en el 1165 fruto de la unión entre el rey navarro Sancho VI el Sabio y Sancha de Castilla. Hermana del que llegaría a ser sucesor de su padre, Sancho VII el Fuerte, contrajo matrimonio en 1191 con el conocido rey inglés Ricardo Corazón de León. Hija, hermana y esposa de grandes monarcas, su persona, sin embargo es absolutamente desconocida para la Historia, tanto de Navarra como de Inglaterra y, en consecuencia, los datos que sobre su vida y obra se guardan son bien escasos dando lugar a biografías y estudios de tipo especulativo.
Lo que se conoce sobre su vida bien podría servir como base para una novela de aventuras, histórica quizás, pero básicamente ficticia. El argumento giraría en torno a un matrimonio concertado entre ella y el rey inglés en el que los intereses políticos y económicos primarían sobre cualquier otra circunstancia de carácter personal o sentimental, dejando a las claras que Berenguela no fue más que un medio para establecer alianzas entre los dos monarcas implicados.
La joven Berenguela rondaría los 20 años cuando fue entregada como futura esposa a un Rey demasiado ocupado en guerrear, conquistar y participar en la que posteriormente se denominaría Tercera Cruzada a Tierra Santa. Sobra decir que el fervor religioso fue lo que movió a todos aquellos que lucharon y mataron en nombre de Dios y su fe en la religión católica a lo largo de más de 200 años, pero como en otras muchas ocasiones de la Historia de la Humanidad aquellas batallas tuvieron un importante trasfondo político y comercial relacionado con los intereses de reyes y eclesiásticos que suele pasar, demasiado a menudo, desapercibido.
Acompañada por la madre del rey Ricardo, Leonor de Aquitania, Berenguela acudió a Chipre, lugar previsto para la celebración de la boda. Tras encallar el navío en el que viajaba y ser tomada como rehén, Ricardo consigue no solo su libertad, sino también ser coronado rey de Chipre.
Tras la boda y una breve convivencia de apenas un año, el matrimonio no estuvo junto en ningún momento. De hecho, Berenguela, en su condición de reina de Inglaterra, parece ser que nunca llegó a estar en este país, pasando más de 30 años en la ciudad francesa de Le Mans, tras breves estancias previas en Poitiers y Acre (Palestina).
Ricardo murió en 1199 sin haber dejado descendencia y sin apenas conocer a la que fue su esposa y reina por interés, Berenguela de Navarra. Aún así, el rey tomó buena cuenta de aquello que dejaría en herencia a su mujer cuando él falleciera y que incluía el usufructo de numerosas ciudades, aldeas y castillos de Gascuña, Normandia y la población de Jaunay, además de otros señoríos. No deja de resultar curioso el hecho de que todo este patrimonio quedara, por decisión expresa del rey, en manos de su viuda, teniendo en cuenta la escasa relación personal que debió de tener con ella. Las razones que le impulsaron a obrar así nos son incomprensibles hoy en día, pero lo que sí estuvo claro fue la dificultad inicial que Berenguela tuvo para recibir su legítima herencia, hecho que le enfrentó a Juan Sin Tierra, hermano del fallecido Ricardo Corazón de León y sucesor del mismo.
A tenor de los pocos datos que sobre su vida se tienen y dando por sentado que el hecho de haber sido reina y esposa de Ricardo Corazón de León le hubiera proporcionado una forma de vida bastante aceptable para un periodo histórico oscuro y desconocido como lo fue el medieval, podríamos suponer una existencia apacible, llena de lujo, intrigas palaciegas y vivencias históricamente memorables. Pero el desconocimiento que recae sobre su persona solo nos permite comprobar que Berenguela no debió ser más que otro elemento de un contrato establecido entre los monarcas navarro e inglés, siendo esta una práctica muy habitual entre nobles y reyes durante siglos.
Lamentablemente desconocemos su preparación académica, si es que la tuvo; sus intereses e inquietudes, en definitiva algo que nos acercara a su forma de ser y de ver la realidad que la rodeaba y que no sería del todo ajena a otras tantas mujeres entregadas en matrimonio por interés. En la actualidad nos es prácticamente incomprensible que una mujer aceptara (y más siendo hija del memorable Sancho VI el Sabio) este tipo de contrato matrimonial de forma sumisa y abnegada, aún incluso teniendo a nuestro alcance información a cerca de cómo se vivía entonces, cuales eran los motivos que movían a reyes y reinos enteros, qué era lo que realmente importaba y lo que hizo avanzar la Historia de la mujer y de toda la Humanidad por un camino determinado. Solo es entendible si tenemos en cuenta que Berenguela vivió en una sociedad, la feudal, y en un siglo, el XII, que nada tenían que ver con la actualidad, a pesar de los avances que ya se estaban produciendo en el ámbito político y cultural.
Por aquel entonces, en Navarra reinaba Sancho VI el Sabio, fundador de numerosas villas y ciudades, tales como Donostia y Vitoria-Gasteiz. El rey navarro intentaba fortalecer su reino aumentando el número de habitantes de dichas poblaciones, fomentando el comercio y favoreciendo, gracias a su conocida religiosidad, a monasterios y conventos.
Por el contrario, las alianzas beneficiosas para con su reino eran del todo necesarias: Castillas y Aragón se fortalecían por momentos y ansiaban hacerse con el reino de Navarra. Así, el matrimonio concertado entre su hija y el rey inglés adquirió un claro carácter político y estratégico, desembocando en el auxilio mutuo (Navarra acudió en más de una ocasión en ayuda de Ricardo para sofocar las sublevaciones surgidas en algunos de sus territorios) y en un hecho histórico que podría constatar el valor real de dicha unión: poco después de morir Ricardo y reinando Sancho VII el Fuerte, Castilla se apodera de Gipuzkoa, Araba y el Duranguesado, entonces pertenecientes al reino de Navarra. Quizás la relación entre los reyes navarro e inglés suponía una traba para los intereses territoriales de Castilla, traba que pudo verse disipada con la muerte de Ricardo.Sin embargo, ésta circunstancia y supuesta colaboración monárquica no está del todo demostrada, aunque por sus características y consecuencias, sería bastante probable que hubiera sucedido así.
Berenguela de Navarra no solo fue el medio por el cual afianzar dicho enlace, sino que fue hija de un siglo, una época en la que a la mujer se la consideraba, desde el punto de vista humano, como un ser inferior, débil y sujeto a los designios de un padre, hermano o marido.
Estamos en plena Edad Media y, aunque se vislumbran algunos cambios sociales, la situación distará mucho de verse mejorada al menos para las mujeres. Comienza a despuntar una nueva clase social, la formada por la burguesía mercantil y artesanal que traerá consigo importantes transformaciones sociales y una nueva concepción de la realidad social hasta entonces inamovible. Son los años del fervor religioso y las Cruzadas a Tierra Santa, de la revitalización intelectual y académica, del auge comercial y la desaparición del Califato de Córdoba. Pero va a ser también el momento de las malas cosechas, la hambruna, las guerras constantes, la peste... Años, siglos de oscuridad, fanatismo religioso, herejías y miedos. Y todo ello no afectó de igual manera a hombres y mujeres.
“Ser bella, de buen linaje, de buenas costumbres y buena salud”, esas eran las cualidades necesarias para una reina del medioevo, según dejó escrito el rey Alfonso X el Sabio en “Las Partidas” Desconocemos si Berenguela cumplía con todas y cada una de esas cualidades, lo que sí está claro es que como mujer y reina tenía unas obligaciones que no se diferenciarían mucho con respecto a otras féminas de su siglo. Es bastante probable que no recibiera educación académica, pues estaba restringida al género masculino y al ámbito religioso; que sus bienes, fruto del matrimonio contraído, fueran administrados exclusivamente por su marido y que recayera sobre ella la obligación innata de toda mujer de convertirse en obediente esposa y madre entregada a unos hijos que deberían asegurar la continuidad del linaje y el poder del rey. En este caso, la descendencia nunca llegó.
Mención a parte merecen tanto el papel que la iglesia jugó a la hora de crear una imagen social de la mujer medieval, totalmente desfavorable a la misma, como a lo que cuestiones legislativas correspondía. El Derecho Público consideraba a las mujeres como seres sin derechos ni deberes en lo público, discriminándolas claramente frente al hombre y relegándolas al ámbito de lo privado, es decir, a su labor de esposas y madres.
Afortunadamente existen casos de reinas medievales que tomaron parte de forma activa en los asuntos políticos de su reino, mujeres que accedieron a una valiosa formación académica que les permitió hacerse un pequeño hueco entre los hombres y destacar históricamente. Pero aquellas fueron las menos, las que pudieron eludir el olvido y ser recordadas, puesto que todas las demás vivieron y sufrieron las consecuencias de una sociedad sumamente religiosa, temerosa, cerrada de mente que veía en la mujer a un ser impuro, inferior cuya única función en el mundo terrenal era la de procrear y mantener el hogar.
La falta de información biográfica no debería admitirse como justificación para el olvido en el que ha recaído Berenguela de Navarra. Su figura, del todo desconocida como las de otras mujeres notables, no debería ceñirse a una mera mención sobre su verdadera función dentro de un matrimonio concertado y con finalidades político-económicas, sino que debería de servirnos de hilo conductor para conocer más de cerca las condiciones de vida, no solo de reinas y nobles, sino también del conjunto de mujeres que sobrevivieron a aquellos principios y creencias sociales medievales.

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