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domingo, 17 de febrero de 2013

LEYENDA NEGRA:Juan Díaz de Garayo "El sacamantecas vitoriano"

Juan Díaz de Garayo Ruiz de Argandoña (1821-1880) más conocido como "el Sacamantecas": nació en Eguilaz, cerca de Agurain y fue un célebre asesino en serie que aterrorizó la Llanada Alavesa durante el siglo XIX. En su haber se contabilizaron 6 asesinatos de mujeres y otros 4 intentos frustrados. Su fama fue tal que se convirtió en un personaje del folclore popular, que es invocado cuando se quiere asustar a los niños.
Hijo de labradores, dedicó su vida a los menesteres propios de esta condición. Desde muy pequeño fue enviado por sus padres a los pueblos de los alrededores a servir como criado. De éste modo recorrió Salvatierra – Agurain, Alaitza, Okariz, Izarza y Alegría – Dulantzi, entre otros. Esa costumbre, habitual entre los aldeanos alaveses, se imponía por necesidad, máxime en una época de penuria económica como era aquella de sus primeros años de vida, coincidentes con los momentos de mayor efervescencia de la Primera Guerra Carlista.
Más tarde prestaría sus servicios como “criado práctico” en la casa de un herrero en la Villa de Alegría, donde permaneció siete años, al término de los cuales supo las dificultades y apuros de una viuda joven para sacar provecho a unas tierras que tenía en arriendo y que le habían quedado de su matrimonio con un tal “Zurrumbon”.
Avisado por una mujer de Alegría que tenía parentesco con la viuda partió para la hacienda de la zurrumbona a sabiendas que era el momento más propicio para ofrecer sus servicios como jornalero, púes coincidía con la época de la sementera. Durante los primeros años mostró interés por llevar las tareas del campo de la mejor manera, “ofreciéndola compras, por su parte, una pareja de bueyes” con el dinero que había ahorrado en casa del herrero.Su comportamiento fue siempre digno e irreprochable. Llegada la ocasión – convenida de antemano- decidieron contraer matrimonio, del que resultaron cinco hijos. Se sabe que sólo tres sobrevivieron, de los cuales: dos varones y una hembra. Como consecuencia de ésta unión Garayo heredó –como es práctica de los pueblerinos y caseros- el sobrenombre del “Zurrumbon” y será con éste apodo recordado entre sus convecinos a pesar de que aparezca éste otro de “Sacamantecas” en los expedientes judiciales.
Duró aquel matrimonio trece años en el transcurso de los cuales vivió la pareja sin altercados notorios ni contrariedades o preocupaciones económicas sensibles hasta 1863, año en que muere la viuda. Hasta este momento, un cierto sentido de la economía doméstica y un control de los ingresos que le proporcionaban el campo, añadido a las escasas aspiraciones materiales éste hombre, dirigidas únicamente a a asegurar la vejez de ambos, le permitió vivir descansado cuidando de la educación de los hijos.
Pero los tiempos no iban a su favor y al poco de morir su mujer, tuvo que ocuparse directamente del labrantío, abandonando las tareas caseras y por tanto la educación de sus vástagos. Preocupado por el desorden en que vivían decidió Garayo casar de nuevo “cuentan que era una mujer de carácter áspero y de violento genio” con lo que, en vez de asegurar una convivencia pacífica, la disipó; entablándose entre ella y sus hijastros constantes reyertas, arraigándose los odios y dando lugar a que aquéllos huyeran de su casa, colocándose el mayor como criado y haciéndose vagabundos y pordioseros los menores.
Esta unión fracasada tornó a Garayo egoísta, huraño y solitario. Permanecieron juntos hasta 1870 año en que su mujer, que padecía una enfermedad variolosa, muere a consecuencia de ella. Siete años de desastrosa convivencia produjeron en él importantes secuelas en su comportamiento, con anterioridad había sido un hombre pacífico paso a desentenderse de los hijos y cuando pasaba de los cincuenta decidió casarse por tercera vez. La situación empeora cada año que pasa junto a ésta mujer. Resulta ser alcohólica y más desastrosa aún que la anterior matrimonio que se verá interrumpido por la misteriosa muerte de ella a los cinco años de convivencia que él contaba así: “En la noche del 3 de abril de 1876, al volver del campo- donde estuve trabajando desde las cinco de la mañana y subir a la habitación nuestra- encontré la puerta cerrada y como al llamar no me contestó nadie, metí la mano por la gatera y saqué la llave de la puerta que yo mismo dejé allí cuando me marché a la mañana, quedándose mi mujer en la cama buena y sana. Al entrar en la alcoba vi que estaba agonizando. Salí asustado y busqué a un médico, el cual al ver que mi mujer no hablaba y que iba a expirar, mandó que viniera un cura y le diese la Unción”.
Los primero crímenes de Garayo, que no pudieron ser demostrados, son anteriores a la muerte de su tercera esposa, aunque llegó a contraer nupcias cuatro veces, no se cree que cometiera agresión contra ellas. No debió pesar a su ánimo la muerte repentina de su tercera esposa pues más tarde contraía nupcias con una viuda de edad avanzada, de nombre Juana Ibisate, que le sobrevivió. La paz duró poco entre ellos y fue interrumpida pronto debido a las constantes discordias que surgieron en torno a la economía doméstica, sobretodo.El le increpaba porque bebía demasiado y el testimonio de la viuda era todo lo contrario y le acusaba de malgastar el dinero en toda clase de vicios. Lo cierto que esta mujer murió desprestigiada y abandonada por todos los suyos. Su testimonio, involuntariamente, fue definitivo para la detención de Garayo, al confesar al alguacil Pinedo que había pagado a una anciana de Vitoria veinte pesetas en concepto de indemnización para que no denunciara a su marido, al parecer le había atacado en alguno de los caminos de la ciudad un día que pedía caridad.
Entre los años y asesinó y violó a seis mujeres, cuatro de ellas prostitutas, de edades comprendidas entre los 13 y los 55 años, e incluso a alguna de ellas les produjo grandes mutilaciones. Se le imputaron también varios intentos más que no pudo consumar.
Juan Díaz de Garayo fue un hombre fuerte, de buen talle y ancho de hombros. Tenía accesos de repentino furor, que le hacían buscar a sus víctimas. Violaba a sus víctimas brutalmente y las desgarraba el vientre con un cuchillo. Pensaba que era cosa de los demonios que se apoderaban de su mente. A medida que va cometiendo los asesinatos, la saña y la furia es mayor. Entre el primer y segundo asesinato pasa un año. Entre éste y el siguiente, año y medio. Este tiempo transcurrido, en comparación con los siguientes crímenes , hacen sospechar que hubo algunos que nunca se conocieron. En Agosto de 1872, los crímenes tercero y cuarto se producen de forma casi seguida, en parecidas circunstancias a los anteriores. La tercera víctima no es ya una prostituta, sino una chiquilla de trece años. La cuarta vuelve a ser otra prostituta, pero joven. Mata y viola como a las demás, pero prueba de su crecinete sadismo y de su pérdida de control le causa multiples heridas con una aguja que ella llevaba en el pelo para sostener el peinado. Las mujeres de la comarca empezaban a hablar de un monstruo que sacaba las mantecas de sus víctimas.En septiembre de 1878, tras dos ataques a dos ancianas, se produce el quinto crimen. Se trata de una campesina joven, alta, fuerte, que se defiende con desesperación. Juan Díaz de Garayo acaba por atravesarle el pecho de una puñalada; luego, una vez muerta, celebra su sádico ritual de sexo y sangre. El cadáver queda cosido a puñaladas y con el vientre abierto. Le quitó la aguja de coser que llevaba como pasador de pelo y se la clavó cincuenta veces en el pecho. Y siempre, después de cada crimen, iba a esconderse en el dolmen. El periódico "El pensamiento alavés" abría su portada así: "Se busca a un sacamantecas".
Dos días más tarde, vuelve a matar a otra campesina a la que estrangula, fuerza y mutila después de muerta, desgarrándole el vientre –que es como la marca de sus asesinatos–. Las crónicas de la época lo calificaban de "monstruo rarísimo en quien la rara anomalía de la crueldad lasciva se asocia con la no menos rara del amor a los cadáveres". Continúa:"macho brutal, marcado con profundos estigmas atávicos y atípicos. La frente hacía recordar, tal como la describen los que la vieron, el cráneo de Neandertal. Las mandíbulas eran enormes. El rostro presentaba grandes asimetrías".
Cuenta Constancio Bernaldo de Quirós, en su libro Figuras delincuentes, que al entrar a servir Díaz de Garayo temporalmente a un labrador, una niña pequeña le señaló sin haberlo visto nunca y le dijo: "¡Qué cara! Parece el Sacamantecas!". Eso hizo que la vecindad le acosara y que la autoridad acabara por detenerle e interrogarle. Con gran sorpresa, los policías descubrieron que, al poco de someterle a las preguntas de rigor, se derrumbaba y confesaba sus feroces asesinatos.
A las ocho de la mañana del 11 de Mayo de 1881, en el polvorín viejo de la ciudad de Vitoria, se le cubrió la cabeza al sacamantecas con un capuchón negro y se le rodeó con un collarín de hierro. El verdugo más famoso de la época llegado desde Burgos, Gregorio Mayoral, comenzó a girar el torno hasta que se le quebraron las vértebras cervicales y el sacamantecas murió asfixiado. El garrote vil había puesto fin a uno de los mayores sanguinarios que nos ha dado la Historia de España. Su cadáver se expuso públicamente para el “macabro” goce de aquellos vecinos que deseaban verlo muerto, y fue enterrado en una fosa común del cementerio de “Santa Isabel” en Vitoria.

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