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miércoles, 21 de enero de 2015

GRANDES AMORES DE LA HISTORIA: EDUARDO VIII Y WALLIS SIMPSON, EL AMOR QUE COSTO UNA CORONA.

Eduardo VIII, primogénito de los monarcas Jorge V y María de Teck, protagonizó una de las bodas más polémicas de la dinastía Windsor. Tras la muerte de su padre, Jorge V, el 20 de enero de 1936, se convirtió en rey de Inglaterra pero su reinado apenas duró un año (352 días). El 11 de diciembre Eduardo VIII abdicó para poder casarse con Wallis Simpson, una rica estadounidense dos veces divorciada de la que estaba profundamente enamorado.
La historia de amor entre Wallis Simpson y el rey Eduardo VIII fue el objetivo durante años de las más duras críticas especialmente crueles contra la que fue duquesa de Windsor a la que los británicos tacharon de prostituta, espía y malvada entre algunos de los adjetivos que durante años esta mujer tuvo que soportar tras enamorar al rey de Inglaterra.Bessie Wallis Warfield nació el 18 de junio de 1895 en Pensilvania en medio de una lucha entre las familia de sus progenitores debido al nacimiento de la pequeña fuera del matrimonio. 
Desde su mas tierna infancia, Wallis tuvo que enfrentarse a la muerte de su padre a causa de la tuberculosis y a una situación económica mas que precaria.
A pesar de no ser una joven realmente atractiva, la verdad es que llamaba la atención entre los chicos gracias a su osadía, espontaneidad y unos bellos ojos azules. Tal y como cuenta Cristina Morató en su libro Vidas Rebeldes la propia Wallis reconoció en alguna ocasión que sus armas de seducción predilectas fueron “su vitalidad, su fuerte carácter y su habilidad para alimentar el frágil amor propio masculino”.
Fue en 1930 cuando Wallis Simpson conoció al principe de Gales en una cacería gracias a Thelma Furness, entonces amante oficial de Eduardo. Tal y como contó el heredero en sus memorias, fue él mismo el que se acercó y le dijo “Usted, americana y habituada al confort, ¿no padece frío en nuestros castillos ingleses, desprovistos de calefacción central?, Wallis no dudó en contestar: “Lo siento, sir me decepciona usted. A todas las americanas que vienen a su país se les hace siempre la misma pregunta. Yo esperaba algo mas original del príncipe de Gales.
Tras ese divertido encuentro, el príncipe de Gales y Wallis volvieron a coincidir cada vez con mas asiduidad hasta llegar al punto que Eduardo se dejaba caer a menudo en casa del matrimonio Simpson.
Ya por entonces, el heredero se encontraba totalmente prendado de Willis por su sinceridad arrolladora, una cualidad que debido a su posición rara vez encontraba en aquellos que le rodeaban. No fue hasta diciembre de 1933 cuando la relación comenzó a tomar forma gracias a la marcha de Thelma.
Durante una cena en la que Wallis se mostró sinceramente interesada en saber en qué consistía el trabajo de un príncipe, Eduardo quedó todavía mas fascinado con aquella mujer que por primera vez en su vida se había preocupado de verdad de su trabajo.
Desde ese momento Wallis y Eduardo obviaron al mundo y no dudaron en mostrar su amor en público a pesar del rechazo que suscitaba la nueva amante del heredero por estar casada y por un pasado algo turbio.
Cuanta mas influencia ejercía Wallis en el príncipe, mayor era el odio que suscitaba entre la familia real inglesa que no podía soportar que aquella mujer se hubiese convertido en dueña y señora de las propiedades de Eduardo y que incluso se atreviese acompañarle a recepciones oficiales.
La verdad, es que muchas eran las razones por las que Wallis no era la pretendienta ideal para el futuro rey de Inglaterra. En primer lugar, estaba casada, tenía un divorcio a sus espaldas, se rumoreaba que había sido prostituta durante su viaje a China, obligaba a los criados a cumplir todo tipo de ridículas exigencias y por si fuese poco simpatizaba con Mussolini y Hitler.
Tras la muerte del rey Jorge V, el príncipe de Gales se convirtió en Eduardo VIII, un rey que desde el mismo momento en el que accedió al trono estaba mas preocupado en casarse con la mujer a la que procesaba casi un enfermizo amor, que en llevar las riendas de su país. Tal era la sumisión del rey en Wallis que el primer ministro ocultaba información al rey por miedo a que Wallis pusiese en peligro la seguridad del país.
Tras la negativa de su familia, especialmente de su madre reina Mary, del primer ministro y de las altas esferas de permitirle contraer matrimonio con Wallis, Eduardo decidió abdicar para sorpresa de todos y especialmente de la americana que temía ver peligrar su, más que confortable, posición como amante del rey.
Desde ese 11 de diciembre de 1936, Eduardo dejó claro que el amor que procesaba por Wallis bien valía una corona: “Me ha resultado imposible soportar la pesada carga de responsabilidad y desempeñar mis funciones como rey, en la forma en que desearía hacerlo, sin la ayuda y el apoyo de la mujer que amo». Desde ese momento y hasta el final de sus días, Wallis tuvo que soportar la presión mediática y el odio de los ingleses que la veía como la culpable de la abdicación de su querido rey.
Tras lograr el divorcio de su segundo marido, Wallis y Eduardo se casaron en junio de 1937 en Francia en un castillo propiedad de un espía y amigo de Hitler, Charles Bedaux.
A pesar de que ambos ya no suponían ningún peligro aparente para el bienestar de la familia real inglesa ni para la seguridad del país, lo cierto es que tanto Wallis como su esposo tuvieron que sufrir otra humillación por parte del nuevo rey Jorge IV. El nuevo soberano había otorgado a su hermano el titulo de “Su Alteza Real, el príncipe Eduardo, duque de Windsor”, un regalo envenenado ya que no permitía que Wallis tuviese el trato de “Alteza Real”.
Ya libres de la prensa y fuera de las fronteras inglesas, el matrimonio vivió una época dorada por Europa en donde ella se dedicaba a lapidar la fortuna de Eduardo comprando fastuosas mansiones, reformándolas, comprando antigüedades y contratando todo tipo de siervos, siempre fiel a su lema “Nunca se es lo bastante rico ni lo bastante delgado”.
Tras el fin de la guerra, los duques de Windsor disfrutaban de una vida de lujo con casas repartidas por todo el mundo y codeándose con la beautiful people del momento. A pesar de todos esos privilegios, Wallis se volvió cada vez mas inestable y sufría sonoras depresiones que Eduardo lidiaba con joyas, especialmente con esmeraldas, las piedras favoritas de Wallis.
Sus extravagancias y su culto al cuerpo también se agudizaron llegando incluso a obligar imprimir cada día el menú de sus perros y ha operarse dos veces a sus 70 años.
Tras la muerte de Eduardo en 1972, Wallis no volvió a ser la misma nunca más. Se volvió una mujer desconfiada y paranoica que vivía con el miedo constante de ser atacada, hasta el punto de convertir su casa en toda una fortaleza.
El 24 de abril de 1986, con 90 años y siendo tan sólo una sombra de lo que fue, Wallis Simpson moría en su casa de París sin mas compañía que la de sus mascotas. Gracias a la reina Isabel II, la americana que cambió la historia de un país conquistando el amor de un rey a la vez que el odio de un pueblo, descansa como una autentica soberana en el Panteón de la Familia Real.

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