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miércoles, 8 de mayo de 2013

LA ESPOSA DE HERNAN CORTES

Aunque Cortés, instalado en Coyoacán, había enviado a buscar a su esposa, su llegada debió de resultarle inconveniente, pues tenía varias amantes, aparte de su relación principal con Marina. Se decía que “infinitas mujeres” vivían o habían vivido en su casa, unas mexicanas y otras castellanas.
Sin embargo Catalina Suárez Marcaida, la esposa, se instaló en la casa como la primera dama. Era la época en la que Marina daba a luz al hijo mayor de Cortés, al que bautizó como Martín, el nombre del abuelo. Una sirvienta, Ana Rodríguez, declaró más tarde, sin embargo, que a Catalina y a Cortés “les vido fazer vida maridable, como tal marido e muxer”.
Varios meses después, el día de Todos los Santos de 1522, se celebró un banquete en casa de Cortés, seguido de baile. Hubo algunas bromas entre Catalina y uno de los amigos de su marido. Hablaban del trabajo de los indios, y ella dijo que “antes de muchos días, haré de manera que no tenga nadie que entender con lo mío”. Y Cortés, al parecer en broma, replicó: “Con lo vuestro, señora, yo no quiero nada”. Catalina se molestó y marchó a sus habitaciones. Cortés se quedó un rato con sus invitados, y luego también se retiró.
A mitad de la noche llamó a su mayordomo y a su tesorero. Catalina estaba muerta. Ambos acudieron a la habitación, mandaron llamar a las doncellas y enviaron un mensaje al hermano de Catalina, Juan Suárez, informándole de su muerte, pero agregando que no acudiera a ver su cuerpo, pues creían que había ayudado a matarla con sus importunidades.
Las doncellas entraron en la habitación. La mayoría de ellas después declararon cosas desfavorables para Cortés, dando a entender que la había estrangulado o asfixiado. Por ejemplo, una dijo que había visto en el suelo las cuentas de un collar roto. Otras insistieron en que había magulladuras en su cuello, y que la cabeza había azulado y la cama estaba mojada. Se dijo que Cortés insistió, en contra del consejo de Fray Olmedo, en que se encerrase a su esposa en un ataúd, se clavara la tapa del mismo y se la enterrara. Nadie más vio su cuerpo después de muerta.
Pronto hubo acusaciones contra Cortés. Varios testigos declararon explícitamente que Cortés había asesinado a su esposa. Pero es que eran sus acérrimos enemigos. Es imposible estar seguros de lo que sucedió aquella noche de noviembre en Coyoacán. Algunos historiadores han supuesto que Cortés estranguló a Catalina en un arrebato de ira provocado por los constantes reproches de infidelidad que le hacía la esposa. Y, desde luego, el modo de muerte no es el propio del asma al que se refiere Bernal Díaz del Castillo en su crónica.
Muchos testigos, sin embargo, fueron favorables a Cortés, como un sobrino de la propia Catalina, Juan Suárez de Peralta, que explicó que era cosa sabida que su tía tenía el corazón enfermo y que había sufrido ataques en Cuba, así como que sus hermanas Leonor y Francisca habían muerto de ese modo. Varios declararon, en relación con otro asunto, que Catalina había padecido enfermedades en Cuba, donde se la consideraba de salud delicada y constantemente enferma. Uno dijo que recordaba una vez en Barbacoa en que pareció que estaba muerta, y su marido tuvo que echarle un cubo de agua encima para reanimarla. Muchos otros testigos dijeron cosas semejantes. Cortés explicó las magulladuras como causadas por sus esfuerzos para despertarla sacudiéndola. Otros recordaron que ella se desmayó y casi se murió dos semanas antes, durante la visita a una granja.
Hernán Cortés, años después, comentó que no era sostenible que mientras su mujer y él dormían juntos, si quiso estrangularla no se oyera nada desde las habitaciones contiguas, donde estaban las doncellas de ella y los pajes de él, pues algún ruido hubiera debido de hacer. El asunto siguió persiguiéndolo. La acusación judicial se abandonó, pero la madre de Catalina, la Marcayda, sostuvo un pleito civil, como hicieron también sus descendientes. Sin embargo otros miembros de la familia de Catalina, entre ellos su padre y su hermano, no creyeron en la culpabilidad de Cortés y siguieron teniendo excelentes relaciones con él.

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