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viernes, 22 de febrero de 2013

MI GRANADA: EL CORRAL DEL CARBON

Encargada de almacenar y vender al por mayor los productos que los comerciantes llegados de fuera traían a la ciudad, este edificio formaba parte de la estructura dotacional de la medina musulmana de Granada. Construido durante el primer tercio del siglo XIV siguiendo el modelo de los «funduk» africanos, posee la particularidad de ser el único ejemplo conservado íntegramente en toda la península ibérica que responde a esta tipología: compuesto por un gran patio central con galería perimetral adintelada en sus tres pisos.
Llamada en su origen Alhóndiga Nueva o al-fundaq al-ŷadīda, es más conocida por la denominación cristiana de Corral del Carbón. Su entrada se realiza a través de un cuerpo saliente con arco de herradura cubierto por bóveda de mocárabes, que conforma un vestíbulo con alcobas laterales, que precede a la portada de acceso sobre la que se dispone una ventana geminada. La monumentalidad y riqueza ornamental de dicho volumen, así como las excepcionales dimensiones del edificio, ponen de manifiesto el origen regio del establecimiento.
El edificio conocido popularmente como el Corral del Carbón es uno de los testimonios más importantes del legado hispanomusulmán por su envergadura, antigüedad y estado de conservación. De hecho es la única alhóndiga musulmana conservada en España y una de las pocas medievales del Occidente islámico. Originalmente fue una alhóndiga nazarí, en su tiempo «al-fundaq al-ŷadīda» (Alhóndiga Nueva) que afortunadamente ha subsistido a lo largo de los siglos, debido a su aprovechamiento para diferentes usos, aunque en un momento no muy lejano estuvo en trance de desaparecer por puro interés especulativo.
Tras la conquista de Granada es cedida por los Reyes Católicos, en 1494, a su criado Sancho de Arana, siendo mencionada entonces como alhóndiga ŷadīda o gidida. Posteriormente fue enajenada y subastada, apareciendo en el 1531 denominada como Corral o Mesón del Carbón, ya que aquí se alojaban los mercaderes que traían el carbón para ser pesado en el fiel, que se encontraba cerca de este edificio. Posteriormente pasa a ser casa de Comedias, sufriendo sus primeras transformaciones de importancia, y a partir del siglo XVII queda convertida en corral de vecinos, al ser trasladado el teatro a un nuevo edificio (conocido por el Coliseo) en 1593, levantado al principio de la calle Mesones. No pierde entonces la función de alojamiento ligado al comercio del carbón, junto con la de vivienda común, extrañándole a Henríquez de Jorquera, hacia 1644, que hubiera perdurado este edificio vetusto, estando en lugar tan importante de la ciudad. En fecha desconocida (siglos XVII-XVIII) debió pertenecer al cercano convento de carmelitas, donde actualmente se ubica el Ayuntamiento, pues así lo refleja el escudo que se encuentra sobre la ventana geminada de la puerta principal.
En distintos momentos sufrió nuevas adaptaciones y reformas a impulsos de sus moradores y propietarios, según se reflejada en su estructura y es visible en ilustraciones antiguas, en las que su portada aparece prácticamente desfigurada y tapados bastantes de sus elementos ornamentales y con pequeños tienduchos. En el año 1918 estuvo a punto de ser derribado para hacer un teatro y cine, pero el intento de demolición pudo evitarse a tiempo, al ser declarado Monumento Histórico-Artístico debido a la intervención decisiva del entonces ministro Natalio Rivas.En 1928 fue adquirido por el Estado y realizadas obras de restauración por Leopoldo Torres Balbás, entre 1929 y 1931, quedando entonces saneado y consolidado. Nueva actuación sufrió en 1992 dirigida por el arquitecto Rafael Soler Márquez, el cual siguió el mismo criterio aplicado en tiempos de Torres Balbás, conservando los desplomes, deformaciones y faltas de elementos en su fachada, para dejar testimonio de edificio herido por el tiempo, vetusto y con una compleja historia. La última intervención ha sido la llevada a cabo en 2006, en que fue restaurada su portada, con una profunda limpieza y consolidación. Se ha recuperado algo de su policromía original y eliminado diversas adiciones, con lo que ahora vuelve a lucir en todo su esplendor. Actualmente se dedica a usos turísticos, institucionales y comerciales.
La función del fundaq o alhóndiga musulmana era la de almacén de mercancías, normalmente alimenticias, y el alojamiento de los mercaderes que las traían a las ciudades. Servían tanto para su venta directa en el mismo edificio como para ser llevadas a los zocos cercanos. En algunos casos se destinaban a un producto concreto o a un cierto tipo de especialización. La de Granada estaba dedicada al trigo y granos, al menos así aparece en el momento de la conquista. También hubo en Al-Andalus alhóndigas de comerciantes extranjeros, como es el caso de la llamada de los Genoveses en Granada. En una cultura como la musulmana, en la que el comercio ha sido actividad económica esencial, estos edificios eran muy abundantes. Se han señalado sus precedentes en Asia, posiblemente tomados de la antigua Persia, siendo llamados hans; también se encuentran en Bizancio los denominados caravanserrallos, que estaban distribuidos en las rutas comerciales principales de su Imperio y en época omeya se extendieron por la actual Siria y Jordania, denominándose caravansares; en ambos casos teniendo un sentido claramente rural. Estos edificios se extendieron por el norte de África con el nombre de al-fundaq y de aquí llegaron en su función y denominación a la Península Ibérica.
Numerosos fanādiq o alhóndigas hubo en la España islámica, constando documentalmente los de Toledo, Córdoba y Almería, pero cabe pensar que los hubo y en abundancia en otras muchas ciudades de al-Andalus. En el Marruecos actual quedan algunos de estos fundaq que en su origen deben relacionarse con el de Granada, siendo contemporáneos al granadino los de Fez y Salé. Muchos otros se han levantado en siglos posteriores y se ha conservado su uso hasta ahora en el Magreb, «pero el fundaq granadino, por su tamaño, monumentalidad y riqueza decorativa, singularmente de su portada, era, seguramente, excepcional» (Torres Balbás)
El término «alhóndiga» es una derivación de la palabra árabe al-fundaq (fondaq, funduq), (plural fanādiq), que aparece ya mencionado y como edificio extendido por el territorio español en el siglo XI y XII, llamándose alfondega en castellano o alfóndec en catalán. He de advertir que en árabe el término al-fundaq es masculino mientras que en castellano el término alhóndiga es femenino, habiéndose respetado esta diferencia de género cuando me refiero en este texto a al-fundaq o a la alhóndiga. En el siglo XVI y siguientes se llamaron alhóndigas a los locales donde se almacenaba y vendía el trigo, o el grano en general, aunque podían destinarse a otro tipo de mercaderías. De hecho, en Granada se construyeron en el siglo XVI dos alhóndigas. Una de granos que estaba al final de la calle Alhóndiga (a la que dio nombre) y otra denominada Zaida, ubicada al principio de la calle Mesones, la cual tomó el mismo nombre de otra nazarí, destinada a productos diversos como aceite, queso, miel, patatas, castañas, bellotas y otros productos de invierno.
En Francia o Italia este término evolucionó al de «fonda», con un sentido más cercano al de hospedaje que al de almacén o venta de productos; en España igualmente la fonda fue más un lugar de hospedaje que de carácter comercial y de almacenamiento, aunque en ellas se alojaran particularmente muchos viajantes. Otros términos relacionados y derivados de estas mismas funciones son el de posada y mesón, que curiosamente en España guardó ciertos paralelismos en su funcionamiento con estos fanādiq musulmanes, ya que era habitual que los viajeros tuvieran que buscar por su cuenta el ajuar y sustento (desde los cubiertos hasta los alimentos) en dichos establecimientos. Para el conocimiento de estos edificios en la tradición hispana y del Corral del Carbón en concreto es fundamental el amplio estudio de Torres Balbás.
La construcción de la Alhóndiga Ŷadīda o Nueva nazarí parece partir de una iniciativa real y no puramente municipal como la mayoría. Este hecho lo demuestra el que, en el momento de la conquista de Granada, fuera propiedad de las mujeres de la familia del sultán, las cuales lo administraban en su beneficio, y también el considerable tamaño del edificio y la monumentalidad de su portada, no siendo habituales ambos extremos en este tipo de edificios.
Con la conquista por los castellanos de la Andalucía Occidental, Granada pasa a ser la capital del nuevo sultanato y cabeza de lo que quedaba de al-Andalus. Esta circunstancia hará de nuestra ciudad un enclave comercial y económico de primera magnitud. Aquí llegarán productos venidos tanto de las diferentes provincias andalusíes, como de los reinos cristianos y del Norte de África o del Oriente para ser vendidos en sus zocos, que adquieren una gran actividad sobre todo en el siglo XIV que es el momento de mayor prosperidad.
Las alhóndigas eran edificios necesarios para almacenar, controlar y distribuir muchos de esos productos por lo que no es extraño que Granada contara con varias de ellas.Por su propia función era normal que las alhóndigas se dispusieran próximas a los zocos y zonas comerciales, por lo que no es extraño el emplazamiento estratégico de las tres principales en este espacio.
En sus características estructurales, la Alhóndiga Nueva refleja herencias funcionales y tradiciones constructivas que caracterizan el profundo eclecticismo del arte de al-Andalus y del islámico en general. Su disposición se ajusta a la habitual de planta cuadrada, con patio rodeado de galerías porticadas que dan paso a habitaciones en los cuatro lados, las inferiores destinadas al almacenamiento y custodia de los productos propios del comercio y las altas para el alojamiento de los viajeros y comerciantes. Por otro lado, los materiales constructivos y los elementos ornamentales son los característicos del arte nazarí del siglo XIV, como puede verse en los restos del antiguo Maristán nazarí. Pero en oposición a la granadina, suelen ser estas alhóndigas muy sobrias y funcionales, sin concesiones al ornato, y de un tamaño mesurado, casi siempre de dos plantas, mientras que la de Granada se destaca por su volumetría, la considerable altura de sus tres plantas y la riqueza ornamental de su singular portada.
Su visión exterior es muy cerrada y compacta, de muros lisos apenas interrumpidos por pequeñas ventanas, todas ellas abiertas en los siglos pasados cuando pasó a ser corrala de vecinos, ya que sus habitantes acomodaron su estructura a usos domésticos. En la Edad Media carecería de ventanas exteriores, aparte de por cuestiones puramente de tradición cultural, en este caso para evitar salidas fraudulentas de mercancías y el posible acceso de quien pretendiera robarlas.
Lo primero que sobresale es su monumental portada, la cual impone su presencia dominante ocupando en vertical las tres plantas. Es sin duda esta portada el primer elemento que nos sorprende por su riqueza y potencia arquitectónica, avanzando sobre la calle como una gran embocadura escenográfica.
Sus 6’60 metros de ancho y casi 10 de altura, más los 2 de saliente, constituyen una excepción notable en este tipo de establecimientos comerciales. En cierta medida debemos ponerla en relación al carácter monumental que las puertas urbanas adquieren en el periodo de plenitud del arte nazarí, alcanzado con Yūsuf I, que tendrá como consecuencia la construcción de las grandes puertas monumentales de la Alhambra (Siete Suelos y Justicia) y en la zona baja de la ciudad las de Elvira y Bibarrambla, amén del ennoblecimiento del castillo de Bibataubín, convirtiéndolas en resortes de ostentación política. También resulta una inspiración común a las puertas antes aludidas de Bibarrambla, Elvira y Justicia, la disposición de un arco previo monumental que se antepone a la puerta propiamente dicha, aunque en dichas puertas el portal quedaba abierto, con la buhedera o pozo de luz para mejor defensa, mientras que en el Corral del Carbón aparece cubierto por la rica bóveda de mocárabes.
Consta la puerta de un gran arco de herradura apuntado con despiece de dovelas de ladrillo subradial, originalmente enlucido y pintado, cuyos restos han aparecido en la última restauración, decorada en el exterior de la rosca con una moldura de arquitos lobulados a modo de festón, similar al que podemos ver en las puertas de las Armas e interior de la Justicia en la Alhambra. Las albanegas están decoradas con atauriques muy abigarrados de sobria traza tallados en yeso. Sobre el arco se dispone un doble friso. El inferior ostenta una leyenda en caracteres cúficos, parcialmente destruida, en que se lee: Dios es único; Dios es eterno; no engendró ni fue engendrado, ni tiene compañero alguno que se corresponde con la azora 112 del Corán. Encima corre otra faja en la que aparece el característico dintel adovelado que podemos ver en otras puertas granadinas y que es introducido en Granada en la época zirí. El remate de este cuerpo monumental lo constituye una ventana geminada sobre fina columna central y a los lados se disponen sendas fajas de sebka que arrancan de un arco angrelado, herencia del arte almohade.
En los extremos de este cuerpo y arrimadas a las pilastras que lo flanquean corren inscripciones epigráficas muy mutiladas: en la derecha se lee La bendición…, la gloria eterna y el reino duradero pertenecen a Dios excelso; en la izquierda Signo en Dios, el elevado y el grande. Estos cuerpos están flanqueados por finas pilastras de ladrillo que recorren todo el frente al modo usual en la tradición islámica occidental y que luego pasará a la arquitectura mudéjar en portadas palatinas.
La visión interior que descubrimos al traspasar este estrecho umbral siempre impresiona, pues no se espera encontrar un patio tan amplio y diáfano (16’80 por 15’60) en un edificio estrictamente funcional. Este efecto de sorpresa, similar al que nos produce el entrar por las estrechas puertas de los palacios alhambreños, aún debía ser mayor en época medieval, comparado con el intrincado entramado urbano de la ciudad nazarí.
Su estructura acogedora, ahora alegrada por la presencia de unas altas parras que crean un toldo refrescante en verano, se armoniza con cuatro crujías dispuestas en tres pisos de altura ligeramente desigual. Las habitaciones están precedidas por pórticos o galerías adinteladas soportadas por gruesos machones de sección cuadrada sin ornamentación. Estos pilares son ocho en cada panda y planta, con una particularidad que hasta ahora ha sido simplemente indicada pero sin argumentar. Los pilares de los dos pisos superiores son todos de ladrillo, pero los inferiores alternan algunos enteros de piedra toba (procedente de las canteras de Alfacar), otros en parte de piedra (siempre abajo) y el resto de ladrillo y el de la esquina Sureste que es todo él de ladrillo.
Estos pilares sostienen unas zapatas muy gruesas y de sencillo perfil lobulado retallado en los cantos, algunas de ellas mostrando claramente las heridas del tiempo. De estas zapatas se diferencian las dos que se disponen frente a la puerta de acceso que se corresponden con las dos del zaguán antes mencionadas, las cuales son dobles y están decoradas con ataurique. Fernández Puertas relaciona su decoración con las que aparecen en el vano central de la galería Sur del patio de Arrayanes, de tiempos de Muhammad V. Por su parte, las zapatas sencillas son casi idénticas a las que sostenían las galerías del Maristán nazarí construido en tiempos de Muhammad V, y la estructura de los pilares es también similar, que es otro de los argumentos esgrimidos por Fernández Puertas para atribuir su construcción a este sultán y no a un periodo anterior. Sobre las zapatas se disponen las carreras o gruesas vigas que soportan los antepechos de las distintas galerías y donde van a dormir los alfarjillos que cubren dichas galerías
En el centro del patio se conserva casi milagrosamente la pila original de piedra de Sierra Elvira, constituida por un mar cuadrangular con dos caracolas sobre pilarillos en los extremos menores (al modo de las califales). De las, caracolas solamente se conserva la izquierda según entramos, muy desgastada, siendo la otra una burda reposición. Por ellas brotaba el agua con la particularidad, según es tradición, de que por una salía procedente del río Darro y por la otra del Genil, traída aquí por respectivas acequias. Esta peculiaridad se conservó en algunos otros patios granadinos en los siglos siguientes, como en el del convento de Santa Cruz la Real según refiere en su Viaje Cosme de Médicis.
Respecto a las habitaciones, tenían un moderado tamaño, más amplias las inferiores y también lo eran sus puertas, mientras que las puertas de los pisos altos eran bastante altas ya que la ventilación se realizaba por un ventanuco o sobre marco sobre el dintel de la misma, al carecer el edificio, como se ha indicado, de ventanas exteriores. Las barandas eran y son meros antepechos de ladrillo y de igual materia era la solería, de la cual se encontraron algunos restos de la galería inferior y se repusieron en todo el perímetro, con ladrillos dispuestos de canto y a espina.
El patio está pavimentado con cantos rodados. Especial interés y un cierto carácter de nobleza debió tener la habitación principal sobre la puerta, en la cual se encontraron restos de pintura, consistente en una banda de doble línea negra que se va entrelazando y marcando unos sencillos florones de ataurique, marcando el zócalo, al modo que aparecen en algunas habitaciones de la Alhambra (torre del Partal). También las techumbres eran algo más ornamentadas que el resto.
Se ha considerado que la alhóndiga contaría con letrinas y cuadras para guarda de las caballerizas, las cuales se sospecha estuvieran detrás del edificio pero ambos elementos han desaparecido. También se ha perdido toda la nave lateral derecha conforme entramos, que ha pasado a formar parte de la vivienda colindante. En esta modificación se perdió igualmente la escalera de acceso a las plantas superiores que estaba en este costado. Tenía dos, dispuestas en los centros de los costados laterales, mientras que la actual fue restituida en el costado opuesto en la restauración de Torres Balbás, pudiendo darnos una idea de su estado original.
Sería interesante conocer el funcionamiento interno y el tipo de operaciones que se realizaban en estos edificios en época medieval, pero no existen muchos datos al respecto. Por comparación con las africanas cabe suponer la existencia de un encargado, que era el alhondiguero (fundaqayr), el cual actuaba a modo de arrendatario, debiendo ser una persona mayor, virtuosa y honorable. En ello se seguía la máxima de todos los cargos de responsabilidad en las instituciones islámicas; otra cosa es que siempre lo fueran realmente. En el caso que nos ocupa debía ser más escrupulosa la elección dada la categoría de este establecimiento y el pertenecer a la Corona. Pero no siempre se actuaba con la misma diligencia, dándose el caso de aparecer gente de mala nota, como recoge la crónica de León el Africano acerca de las de Fez.No había camas en las habitaciones ni ningún asomo de comodidad, limitándose el alhondiguero a facilitarles a los viajeros unas esteras donde dormir y una capa o manta para taparse; incluso la comida debía agenciarse por ellos mismos, guisadas por los encargados o por otras personas que asistían a esta necesidad, pero que no se incluían en el servicio estricto de la alhóndiga. Esta costumbre pasó a las fondas y hospederías cristianas, como queda de relieve en los relatos que nos aportan los viajeros extranjeros en los siglos siguientes, los cuales señalan las incomodidades y falta de atención de las mismas

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